Temas de Opinión por Víctor González

El mundo visto por los foristas de Tu Noticiero Digital

Opinión: "Burdeles Imperiales ®". Made In Cuba

Notapor ColaboradorTuND el Vie Feb 04, 2011 11:18 am

"Burdeles Imperiales ®". Made In Cuba
Por: Víctor González
@Gonzalez_Victor


Como marca registrada en La Habana, la revolución bolivariana ataca nuevamente a los Bingos que operan autorizados por la mismísima Superintendencia de Casinos. El argumento utilizado no es inédito, espontáneo o, incluso, creativo producto de las largas cavilaciones existenciales del Presidente del PSUV.

Fidel Castro en los comienzos de la revolución Cubana en los años 60, justificó la expropiación de los Hoteles donde se encontraban los casinos propiedad de empresarios privados, cubanos y norteamericanos por igual, alegando que alojaban la prostitución generada para satisfacer el placer de los imperialistas yankees. Insistió Fidel que estos establecimientos deterioraban la moral ciudadana de los habitantes originarios de la Isla.

Luego de expropiar los medios de producción emblemáticos como la United Fruit Co, las tierras agrícolas, empresas petroleras y televisoras internacionales para colocarlos en ?manos del pueblo?y de su bienestar, el castro-comunismo enfiló su batería para arrinconar a la Industria de la Hospitalidad a quienes, por cierto, abre sus puertas, 52 años después para salvar a los cubanos del desastre que el mismo causó.

En el fondo se trata de eliminar la propiedad privada de un todo, siempre inventando excusas basadas en la necesidad y el bienestar de un pueblo. Se evidencia la falsedad de argumentos al conseguir, aún hoy, mesas donde se juega dominó por dinero en cada esquina y barrio Cubano o las tantas jineteras que se pasean en su malecón para satisfacer, preferiblemente, a los turistas extranjeros con dólares americanos ante los ojos complacientes de las autoridades como estrategia para acabar con el Imperio mismo.

Es claro el objetivo superior y basta ver las recomendaciones que da Alan Woods en su carta "Hacia dónde va la revolución Venezolana" para entender que, desde el punto de vista marxista, es necesaria la expropiación de grandes y medianas empresas, por ahora, para hacer que el Socialismo del Siglo XXI se termine de cristalizar y sirva incluso como modelo de exportación en cooperación con los hermanos Castro.

Es claro entonces que las decisiones o medidas tomadas por el régimen de turno en Venezuela, no busca eliminar los efectos dañinos a la población que tales empresas le puedan causar a ciudadanos incautos o juventud alienada, si no de convertir al Estado en el único propietario de empresas dentro del País y al Gobierno su administrador y principal benefactor.

El manejo mediático, como siempre en estos casos, se usa para proyectar la falsa idea que dichas decisiones se toman dentro del contexto del bienestar común y distanciarla de Marx, El Capital, el Manifiesto Comunista y la doctrina del PSUV que al final todos orientan al Proyecto Nacional Simón Bolívar.

Sin embargo, la población Venezolana se despierta del estupor paranoico intencionalmente creado por el comunismo para controlar las masas sociales y se distancia cada día más del modelo de País que quiere imponer el Presidente Chávez y sus ideólogos modernos con su doctrina anacrónica y decadente.

La Bandera tricolor ondea ya con los reconfortantes vientos de cambio.

Saludos Cordiales

Víctor J. González Q.
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Opinión: Venezuela, Gerencia por perseverancia.

Notapor ColaboradorTuND el Vie Feb 04, 2011 11:30 am

Venezuela: Gerencia por perseverancia.

Por: Víctor González
@Gonzalez_Victor


Alguna vez en la vida, todos nosotros hemos recibido el consejo de ser perseverantes en nuestro deseo y acción para obtener los objetivos trazados, incluso, desde estar en educación preescolar.

Recuerdo a Alexander Graham Bell probando sus experimentos para inventar el teléfono y su incansable tesón que rayaba casi en tozudez u obsesión. Ejemplos como ese. Hay muchos en el mundo desde su creación y en todos los rincones del planeta, en todas las disciplinas del ser humano, en toda manifestación artística y hasta en la terquedad de las abuelas para formarnos disciplina aun mimándonos en sus brazos.

Pero si buscas un ejemplo para inspirar a tus niños o darte aliento al levantar, no hay que mirar tan lejos. Basta con ver los logros alcanzados por Gustavo Dudamel y la innegable pasión que tiene por la música, su ejecución y dirección.

La musa del emprendimiento individual o colectivo puede ser encontrado con solo leer la prensa, encender la tele un domingo o escuchar al vecino gritar como Jhonathan Vegas logra vencer todas las adversidades para estar a la cabeza compitiendo con los mejores maestros del Golf en el mundo. El perrocalentero entusiasmado que cuenta como la bola le cayó al agua justo antes del putt final sin siquiera conocer el significado de esa palabra.

Las hazañas colectivas también están a la vuelta de la esquina cuando se escuchan los cohetes y la algarabía de toda una ciudad cuando finalmente su equipo provinciano logra ganar el campeonato de la liga venezolana. Justo como anoche ganó Caribes de Anzoátegui logró coronarse por primera vez después de veinte años desde su fundación.

Lógicamente, los equipos vencen gracias a sus jugadores y el esfuerzo colectivo pero es innegable que la persistencia de su gerencia y conducción ejecutiva es definitorio para poder salir del último percentil estadístico de la escala de logros.

Venezuela toda es ejemplo de ese empeño en lograr alcanzar lo más alto posible a pesar de los imponderable y oportunistas que piensan en la satisfacción inmediata sin trabajar a diario para alcanzarla. Con tesón, caídas solo enseñan a levantarse para buscar otra forma de saltar con aun más fuerza.

Debemos dejar atrás el "cómo vamos viendo vamos yendo" Llegó el momento de cambiar la gerencia por contingencia a la gerencia por perseverancia.
Saludos Cordiales

Víctor J. González Q.
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Opinión: "Parques y Recreación" sponsored by: Cancillería Ch

Notapor ColaboradorTuND el Mié Feb 09, 2011 11:41 am

"Parques y Recreación" sponsored by: Cancillería Chavista

Por: Víctor González
@Gonzalez_Victor


La comedia norteamericana nuevamente se nutre del lastimoso ejemplo del Gobierno Venezolano y su caricatura de Diplomacia Internacional.

Uno de los capítulos de la serie "Parks and Recreation" transmitida por el canal Sony Entertainment Television, hace mofa, con toda razón, de la pésima política en materia internacional y la incursión del chavismo en el patrocinio de organizaciones socio-políticas a través de los círculos bolivarianos que residen en otros países.

En este particular, Leslie Knope, la Directora asignada para manejar el Departamento de Parques y Recreación en el ficticio pueblo de Pwanee, Indiana; convoca una rueda de prensa para anunciar el proyecto de la construcción de un parque que, después de mucho afán, obtiene financiamiento de una organización social extranjera.

Al momento de presentar a su patrocinante, ¡Oh, sorpresa!, Se trata de una delegación de militares enviados desde Caracas por el Presidente Chávez en su campaña por la búsqueda del reconocimiento internacional y venta de la generosidad del Socialismo del Siglo XXI. El oficial venezolano, con rango de comiquitas, le pide a la Directora que grite: "Viva Venezuela" a lo que ella poco entusiasmada corea consecuentemente. Luego le pide que delante de la audiencia y las cámaras diga "Viva Chávez", momento preciso para que la indignada sátira del empleado público gringo, detenga al oficial rompiendo el cheque ya firmado por la Cancillería Venezolana con tinta roja y declare: "La Diplomacia de este País no puede basarse enteramente en el dinero que entregue sin condición"

Seguramente veremos en los próximos días al Chavismo, oficial y militante, invocando al falso nacionalismo para repudiar a esta serie cómica, al canal que lo transmite y a quienes en Venezuela se ríen de su creatividad, bajo el mantra repetido de la estrategia de imperio gringo para desequilibrar al Gobierno y descalificar al salvador bolivariano de la catástrofe climática mundial fomentada por el capitalismo.

Más de uno pedirá a CONATEL, la suspensión de ese canal de entretenimiento por haber ofendido la majestad presidencial y empañar el territorio patrio allende de sus tierras. Probablemente señalaran a los "oposicionistas" de apátridas, pitiyankys, fichas pre pagadas del imperio y todos los calificativos con los que el Marxismo acostumbra etiquetar a sus propios conciudadanos cuando estos se nieguen a rechazarlo categóricamente.

Lo cierto es que el episodio no ofende pues no se trata de una burla al País ni a sus ciudadanos sino que evidencia el amplísimo deterioro del Gobierno Venezolano liderado por su Comandante Presidente y su improvisada política de intervencionismo con la petrochequera que camina por América Latina y el globo terráqueo en general.

Así pues, el mundo observa a este Gobierno decadente y anacrónico, hace tiempo distanciado de las buenas y aceptadas prácticas en la diplomacia mundial que alegando la rebeldía contra el "establisment" y quita la mesa de su santo lugar.

En Venezuela, más allá del sucio, constante y sonante metal del dinero bolivariano, repican los sonidos de la Libertad.

Saludos Cordiales

Víctor J. González Q.
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Opinión: Un mundo sin color

Notapor ColaboradorTuND el Sab Mar 05, 2011 3:21 pm

Un mundo sin color

Por: Víctor J. González Q.
@Gonzalez_Victor


El edificio se encontraba en la calle más antigua de la ciudad pero tenía visos de la arquitectura contemporánea que contrastaba con el olor a viejo de la calle y edificios contiguos. En el ocaso del día la fachada se iba degradando en tonos grises que la dividía en dos rectángulos perfectos para reflejar el intenso color naranja en su parte superior. A lo lejos, parecía una evocación al misterio divino de la división el mar rojo. La entrada dejaba ver una puerta grande en relación con el tamaño de las personas que por allí cruzaban. Las escalinatas guiaban hacia ella, vistas como Alpes desde los banquillos colocados adrede, con perfección de calculista, para permitir que los empleados de comercios cercanos disfrutaran de un almuerzo casero en medio de la gran ciudad, rodeados de árboles centenarios y de palomas que un biólogo mediocre podría colocar entre la milésima y milésima primera generación de esta especia que habitaba, desde el principio del tiempo, esa plaza remodelada por fuegos de artillería, mal gusto arquitectónico, la huella inclemente del tiempo y una que otra joven caribeña de piel canela que se pasease por sus alrededores.

El pasillo principal era ancho y de un largo casi infinito custodiado por un vigilante que parecía tener la misma edad que la calle pero adornado igual que el edificio, ribetes dorados colgados desde el hombro hasta su famélica cintura, tratando de imitar la chaqueta de algún general desconocido. Los pantalones, más largos que las piernas, remataban en unas botas de suela de cartón, ya en su tercera mano, donados por una de las últimas mujeres dedicadas a recolectar ropas y alimentos para los más desposeídos; las ultimas porque eran ya tantos los desalojados, desprovistos e indigentes que solo unos cuantos podían darse el lujo de servir al prójimo a través dela iglesia adulante, decadente y paupérrima de estas épocas. Su rostro, encendido detrás de unos anteojos con montura de carey muy delgada, quemado, ajada, estirado y vuelto a contraer por la salitre que flotaba en el ambiente desde el muelle pestilente, con tarantines de escasa variedad de pescado putrefacto y vendidos a precios de calidad europea, atendidos por niños semidesnudos y con la piel blanca por la sal y el cabello rojo por el mar: niños que habían abandonado la escuela porque la escuela los había abandonado a ellos cuando el único maestro se fue al África a cazar mariposas a orillas de algún lago sin mapa, olvidado por geógrafos igual que aquel muelle prospero, sitio de encuentros y tertulias matutinas había sido abandonado por domingos llenos de sol y la abundancia de otras épocas. Aquella ciudad solo atraía a turistas que huían de los exorbitantes precios de las islas caribeñas, sin más equipajes que un morral de lona cargado con pantalones desteñidos y binóculos heredados de la segunda guerra.

Un rio humano llenaba el pasillo en ambas direcciones ya arrastraba a quien lo tratara de cruzar con su corriente de hombres, mujeres y niños en búsqueda de la felicidad nunca alcanzada y sueños evaporados por el calor de la miseria. Me senté a un lado a descansar del largo trecho recorrido a nado desde el portal hasta el ascensor más cercano. En el piso, jadeaba agotado con el sabor a triunfo después de esa proeza olímpica. Lo vi acercarse, apacible, pulcramente vestido con un traje de tres piezas que me dio aún más calor pero que en su cara no reflejaban más que la brisa de una tarde de Diciembre a orillas de la playa como si se encontrase en una de esas islas a las que solo se podía llegar a bordo de un bote arrendado y pagado con el sueldo ahorrado por dieciséis años y medio. En la muñeca derecha en reloj de oro y en su dedo índice una anillo del mismo metal incrustado por la piedra filosofal negra brillante que dibujaba una estrella en las paredes del pasillo como esfera en luto.

Cruzo a la derecha cerca del ascensor a cuyos pies me encontraba. Lo seguí con la mirada y lo vi detenerse en la parte posterior de la columna que enmarcaba, de un lado, aquella pintura descolorida y de imagen borrosa que aparentaba adornar la entrada del retrete de hombres. Con curiosidad lo detallé. No portaba maletín alguno como lo hacían los hombres que una vez había visto en el aeropuerto de la ciudad vecina.

Ese mismo aeropuerto donde trabajaba pare el viejo José cargando equipajes de turistas que se dirigían luego al autobús destartalado que luego un juez determinó como culpable del inicio de la ruina del pueblo. Aventureros que habían visto desde el aire sobre el mar, una ciudad sumergida que prometía entregar sus riquezas hundidas. Decían haber venido a resolver los problemas de la ciudad y ofrecían alternativas que solo ellos conocían porque se encontraban ocultas en sus maletines. Predijeron la desaparición de todo el pueblo sino se tomaban los términos contenidos en su programa de recuperación. El alcalde solo vaciló ante sus propuestas debido a que se hacía menester inmediato el hecho que debía aprender una lengua extranjera antigua para poder ejecutar tan loable emprendimiento. “Economics” la llamaron pero solo lograron convencerlo que no era necesario hablar ese idioma sino que depositara su confianza en que serían resueltos los problemas que había prometido durante su campaña. Después de firmado aquel contrato debía esperar treinta y tres día para ver los frutos de esa negociación.

Así que aquí me encontraba, treinta y tres años después, a la postre de un ascensor del edificio de una ciudad de arcas vacías que desaparecía después de tantas promesas y dinero gastado, observando a este hombre tan separado de mi realidad que llegué a pensar bien podría ser el mandatario de algún País sin habitantes ni ciudadanos y cuyas riquezas le pertenecían a él.

Atónito, observe como lentamente con su mano izquierda accionaba un palanquín detrás de la columna y en forma casi instantánea se abrió una cavidad al frente. Giró la cabeza, miró a su alrededor y sus ojos casi se consiguieron con los míos. Apresuradamente bajé la mirada y acomodé con lentitud y diligencia el pendiente que con la imagen del divino niño de Praga tenía fijado a la solapa de mi chaqueta. Al cabo de varios segundos levanté la cabeza e hice un barrido veloz con la vista, deteniéndome solo por un instante para poder observarlo. Me levanté del piso sobresaltado y con asombro. El hombre sin maletín había desaparecido y en su lugar solo se encontraba la colilla de cigarrillo que a medio fumar había dejado descuidadamente en el cenicero que daba la bienvenida al retrete.

Tembloroso y asustado me acerque sigilosamente a la columna. No había un alma alrededor por culpa del letrero colgante que decía “En Reparación hasta el 2.021 – Servicio de Oras Municipales”. Un aviso que había sido cuidadosamente escrito por alguno de los tantos empleados de la alcaldía de la ciudad al día siguiente de firmado el contrato de recuperación, refrendado por el mismísimo alcalde de hoy hace ya treinta y tres años y medio. Receloso, tire del palanquín con el que había visto abrir la cavidad torácica del edificio. Observe a mi alrededor, volví la vista al frente, levanté la mano y noté a la puerta escondida que seguía cerrada. Tiré nuevamente del palanquín. Nada. Pensativo y preocupado ante el temor de haber visto un espejismo de aquellos que he estado viendo desde que tomé aquella cerveza importada por Juan Félix. Esa cerveza fría que acostumbrábamos tomar en los viernes en la tarde, reunidos en su tasca para hablar de las menudencias de la semana y hacerlas importantes tras los efectos de una larga conversación y con la embriaguez del conocimiento de tantas cosas pueriles.

Me recosté de la pared y comenzaba a reírme de mí mismo cuando tomé el cigarrillo abandonado y llevándolo a la boca, volví a tirar de la palanca. Ante mi sonrisa congelada y el cigarrillo a medio colgar del labio inferior, sentí un frío glacial que me congeló el aliento y que detuvo, como fotografía, el humo que salía de mi boca.

Deben haber pasado otros treinta años ante que saliera de mi asombro. Sentía haber envejecido en esa proporción. Poco a poco fui recuperando el calor que antes me agobiaba y al que ahora le daba la bienvenida como se recibe al sol de la mañana después de una noche invernal de doscientas horas de duración. Levanté el pie derecho para salvar el listón de madera disfrazado de rodapiés. Con las manos me sostuve de lo que parecía ser el marco invisible de una puerta que no era puerta. Caminé lentamente por el estrecho pasillo de color gris de extremo a extremo: El techo, el piso y todas las paredes pintadas de gris. Sentí a ese pasillo como alguien sentiría una urna forrada de terciopelo gris por dentro para no despertar con colores brillantes que gritan sonidos de vida al dueño de su sueño infinito.

Lleno de terror giré sobre mis pasos y emprendí una rápida retirada de aquel lugar. Justo al llegar a la puerta, se cerró. El pasillo me ahogaba en un mar de oscuridad tan denso como el líquido negro que vi salir del aquel tanquero al borde del paseo en la bahía. El mismo negro de la playa que el alcalde mandó a limpiar con especialistas traídos desde tierras lejanas y quienes finalmente terminaron utilizando el mismo jabón con el que la negra limpiaba las ollas que usaba friendo las empanadas para mantener a su familia de catorce hijas, diez varones y cuarenta y ocho nietos.

A punto de sofocarme por la ansiedad y el miedo con ganas de gritar pero sin poder abrir la boca, comencé a trastabillar tocando con ambas manos, pies y cabeza cada uno de los rincones de aquel ataúd que me envolvía. Mi corazón latía vertiginosamente. Estoy seguro de haber sentido como cada glóbulo rojo lo atravesaba para llenare de aire y como las plaquetas corrían en tropel contra el tiempo para curar aquella dolencia que aquejaba mi oído derecho desde que nací. Cuando ya comenzaba a desorientarme y con la cabeza a punto de estallar se hizo la luz. Se iluminó todo violentamente al unísono de la puerta cerrándose. Corrí sonando mis pasos estrepitosamente hacia la luz que era de una brillantez inimaginable y cegadora.

Poco a poco, entre lágrimas de dolor, felicidad y temor, mis ojos empezaron a acostumbrarse a la luz. Me encontraba en un salón amplio. Tan extenso que parecía ser mas grande que el apartamento que había dejado en la mañana para salir al trabajo despidiendo a mis dos hijos con un beso en la mejilla pero con deseos de volver a la cama, junto a la esposa que aun dormía cuando cerré la puerta.

El lugar era limpio y blanco como los retretes que hay en los restaurantes que había visto en las películas. Esos donde los ricos y poderosos van a reunirse para definir sus destinos y los del mundo entero. No colgaba cuadro alguno de las paredes de aquel recinto. Solo salía del techo la luz. ¡Oh, la luz! Estaba nervioso pero me tranquilizaba la luz. No tenía fuente fija. Emanaba desde arriba, de todas partes y me volví a sentir tranquilo. Caminé hasta el centro de la sala y logré divisar en la esquina, a lo lejos, un bulto del mismo color de la pared. Tan blanco como la leches que antaño deban las vacas en el patio de la casa de mis bisabuelos. Tomé aquel bulto entre mis manos. Era un morral con bolsillos al frente y arneses en la parte posterior para ajustarlo a la espalda.

En la pared donde se encontraba, rezaba una frase – “Para escapar”-. ¿Escapar de qué? Lo abrí. Adentro encontré una chaqueta gruesa como la grasa del cerdo que criaban en el pueblo vecino. El que vendía frito en los tarantines al margen de la única carretera que lleva a la ciudad. Al que primero pesan por kilos según lo solicitado por comensales y que luego, ante el asombro de tos, la cocinera, que yo sabía era hermana de Houdini, colocaba en un sombrero mágico que ella llamaba sartén por ignorancia haciendo desaparecer solo la mitad porque no tenía las dotes completas de su hermano.

Junto a la chaqueta hallé tres pares de calcetines finos que combinan con trajes que yo no poseía. Además, un par de botas de alpinista como para vestir los pies de la estatua de Stalin que, con orgullo y pasión, había sido derribada en la Plaza Roja para mi beneplácito y alegre asombro. Debajo de aquella enigmática frase habían escrito unos garabatos de palabras en un idioma que no conocía pero entendía. Claramente decía – “Presione para salir”- Seguido de una acción involuntaria, presioné el pestillo que acompañaba en formación perfecta a los extraños garabatos.

El piso bajo mis pies cedió. No caí aparatosamente. Mas bien caí en un agradable descenso como si estuviese conectado a un paracaídas imaginario inflado por los vientos de mi incredulidad. No me alarmé. Me estaba acostumbrando al vaivén del día. –“Ad augusta per angusta”- recordé, no sé cómo, esa frase del latín que según mi entender significaba –“Para un gusto, una angustia”- pero que según los letrados de ésta y otras épocas traducía “Ho hay logros sin obstáculos”. Y me sentí bien.

Levanté la cara para ver cómo se cerraba la trampa que me había hecho caer ahí. Estuve parado por un momento mirando hacia arriba. Lentamente, como envuelto en un aire viscoso, observé alrededor. Allí estaba, el hombre del maniquí. El que me había hecho llegar hasta aquí. –“Es tarde, esperábamos por ti”- me dijo sonriendo. A su lado, otro hombre, tan alto como él pero tan intranquilo como yo. Ambos vestían chaquetas y botas de alpinistas. – Vamos, ¡prepárate! grito señalando el morral al que aun sin darme cuenta me aferraba.

Sin pensarlo, saqué la chaqueta, las medias y las enormes botas del morral. Me quité los zapatos y cuando estaba a punto de ponerme las botas, escuché de nuevo ese idioma que no conocía. Volteé la cara. Era él otra vez: – Ponte los calcetines, hace mucho fría allá abajo – dijo. Obedientemente, vestí mis pies con los tres pares. Uno sobre el otro. Me hacía recordar como cuando me colocaba la pega en la palma de la mano. La pega que me sobraba de aquella que usaba para fijar la figuras al álbum que nunca salió premiado. La que después de seca me iba quitando poco a poco como piel sintética con la imagen de mis huellas en ella.

Tuve que saltar varias veces para lograr colocar los pies dentro de las botas. Las sentía del tamaño que utilizaban los zapateros de Ámsterdam frente a sus tiendas para atraer a los compradores. Finalmente, cuando logré enfundarlas me calzaron como dedal al dedo. Me miré de reojo en uno de los tantos espejos biselados que rodeaban el salón. Con absoluta continuidad matemática, mi imagen se multiplicó en cientos. Éramos todos soldados sincronizados y obedientes a las órdenes de mi cerebro. Me veía preparado para escalar la montaña más alta y en mi rostro se reflejaban aires de experiencia en tal disciplina. Volteé a ver a mis otros compañeros. Fue en ese preciso instante en que logré detallar al otro. Era un hombre robusto, muy alto, de tez blanca pero con matices curtidos. Su edad, indeterminada por sus facciones. Se veía nervioso. No había soltado al hermano gemelo del morral que también yo sujetaba con mis manos.

- Por favor, tomen asiento – me interrumpió en mi observación la voz del hombre maniquí. El otro hombre, quien bien podía llamarse Juan por su silueta, me miró. Ambos nos sentamos en el piso al unísono tratando de expresar angustia en nuestras caras pero sin poder mover un solo musculo facial. Cuando el hombre maniquí nos vio sentados, pulsó un botón gastado y sucio de tanto uso como el de los ascensores del edificio municipal. – Nos vemos abajo- dijo liberando el botón.

Abruptamente, el salón se desplomó a una velocidad tal que me tuve que aferrar a unas asas de metal que estaban en el piso. Sentí como el cabello se levantaba estirándose. Recordé la barbería donde mi papá me llevaba de niño. Cerré los ojos y me toqué con la mano izquierda el pendiente que había transferido mentalmente a la chaqueta que llevaba puesta. Recé las oraciones que nunca había logrado recordar. Vi pasar ante mí, todos los años de mi vida que había ya olvidado. Pasaban rápido, casi a la velocidad de aquel gigantesco ascensor. Iba sudando. Las manos, la cara, el cuello, todo sudaba. La humedad se enlazaba en gotas. Vi despegar el sudor en cámara lenta. Desde la cara hasta unirse con el cabello que se estiraba a lo lejos.

Tan repentinamente como arrancó, justo antes de asfixiarme con mi propia saliva, el ascensor se detuvo. Permanecí quieto tirado en el piso sin soltarme de las asas y con los ojos cerrados. Ya no sentía el movimiento que me causaba vértigo y revolvía mis entrañas pero aun podía percibir el miedo que se respiraba en el ambiente. Escuché al hombre maniquí decir: - Ya llegamos caballeros. Por aquí, por favor -. Abrí los ojos. Los párpados me dolían por la presión de sus músculos. Entre tinieblas alcancé a ver al hombre maniquí señalando la puerta de salida. Juan y yo nos levantamos diligentemente y caminamos hacia donde entraba la espesa bruma. Igual que a la que se forma en la carretera de pueblito pintoresco y frio que queda en la montaña cerca de la ciudad.

Afuera, parados frente al ascensor que estaba tallado en una pared de piedra, levándose hasta donde ya no podía ver, contemplamos aquel inmenso desierto de nieves blancas. Profundo y alisado cual embudo de un pastelero gigante cuyo eje concéntrico era precisamente el lugar de desde donde veíamos aquel espectáculo de la naturaleza. – Debemos subir- dijo el hombre maniquí. Guiados por él comenzamos a escalar el tobogán de helado que nos rodeaba. Caminamos a paso simétrico en formación de pelotón. La nieve se pegaba a la suela de las botas apenas la pisaba desprendiéndose luego al levantar el pié. Caminamos por cuatro días seguidos sin descansar porque no era necesario. Tenía fuerzas inagotables. Faltando algunos metros para llegar a la cima, volteé para ver mis paso dibujados en la nieve. Me pareció escucharlos decir – Ve tranquilo. Aquí estaremos esperando para cuando vuelvas -. Desde esa altura comprendí que aquella escultura sobrenatural no era sino un volcán subterráneo congelado.

No podía creer lo que se veía desde la corona del volcán de nieve. Traté de estructurar mi pensamiento en forma lógica y ordenada. Sin embargo, el concierto de imágenes frente a mí invadían los escondites recónditos de mi cerebro sin darme oportunidad a mantener el equilibrio que tanto estaba deseando desde esta mañana. Era una ciudad gigantesca. Podía ver un muelle frente a la costa repleto de barcos de cruceros que zarpaban y llegaban por docenas guiados por un inmenso faro encallado en el medio de la bahía. Los barcos pesqueros se desplazaban libremente. Los podía ver salir vacíos con dos o tres marineros a bordo mientras otros regresaban repletos de pescado, conchas marinas y sirenas vestidas de princesas que me saludaban desde la distancia. Frente al muelle se levantaba la carretera que lo unía a la ciudad perfectamente distribuida. Era el mismo diseño que tenían los cuadernos cuadriculados que utilicé durante mi infancia para conocer las matemáticas, único instrumento que tenían los maestros para enseñar orden y disciplina. Al final, después del rompeolas, estaba el aeropuerto. Diseñado en forma hexagonal para permitir el mayor número de aviones pues el tráfico de sus pistas era pesado por el volumen de pasajeros que debían transportar. Podía distinguir claramente las siglas de los alerones de las naves escritas con los mismos garabatos que ya me eran familiares formando parte de mi léxico. Siempre habían estado allí sin recordarlo pero florecía en la punta de mi lengua una vez que contemplaba todo aquello. Tenía edificios altos por doquier y pequeñas casas de jardines amplios extrañamente podados por el mismo jardinero que los tocó con su mano desde la altura acariciándolos una a uno pero todos al mismo tiempo.

“Permítanme presentarles a estas personas” – dijo el hombre maniquí. Su voz me hizo salir del trance placentero que conmocionaba mi alma. Lo vi y asintiendo volteé a mirar a nuestro comité de bienvenida. El Alcalde y los personeros más importantes de la ciudad habían venido a saludarnos. Por alguna extraña razón eran todos iguales. Sacados del mismo molde de orfebrería de donde había salido el hombre maniquí. El mismo traje, la misma corbata incluso la misma mueca en los labios que caían del lado izquierdo al hablar. Nos invitaron a subir a un teleférico. Mientras bajábamos me di cuenta que la ciudad no tenía sol. Había luz pero no sol, Eso me sorprendió. Inexplicablemente no se distinguían los colores. Sabía el color de los que veía pero a la vista eran blancas y negras chocando ocasionalmente para crear gris de aquel salón donde todo comenzó. Seguimos bajando. Desde las diferentes pendientes nos iban señalando iglesias, restaurantes, tiendas y oficinas gubernamentales. Los lugares un al lado del otro. Limpios y arreglados con letreros de anuncios todos a la misma altura en las paredes.

Al llegar a la última estación del teleférico abordamos una limosina negra que aguardaba por nosotros. Recorrimos algunas calles y noté que todas ellas nos llevarían al centro donde se encontraba una plaza circular que alojaba al cabildo. Las calles eran limpias, más bien, jamás habían estado sucias. Las personas se desplazaban con libertad pero en un orden casi robótico. Un canal de ida y otro de vuelta en cada acera. – Nuestro trabajo es sencillo pues no existe lo que ustedes llaman moneda. No existen los bancos y no se necesita más que escoger la mercancía dispuesta en los mostradores de los comercios para ser llevada a casa. La pobreza nunca formó parte de nuestras preocupaciones porque no hay pobres. No tenemos problemas de un presupuesto deficitario porque no tenemos personal. La gente colabora como obreros. No necesitamos cárceles, policías porque no hay criminales. Como el gobierno no tiene presupuesta para gastar, no hay corrupción. No hay impuestos y nuestros ciudadanos no necesitan un reglamento municipal pues todos están de acuerdo en cómo y dónde construir.- Con la boca abierta, no dejaba de escuchar aquello: - Solo tenemos un problema. Los alcaldes son elegidos por periodos de una semana y no hay posibilidad de reelección. Es aquí donde entran Uds. Verán, todos los habitantes se han desempeñados como funcionarios del gobierno. Ya no nos queda nadie por escoger porque todos han sido elegidos alguna vez. Es así como, después de investigar por trescientos años, descubrimos que las únicas personas honestas que quedan sobre el planeta son ustedes dos.

Sentí una tremenda ola cosquillante que me subía desde el estómago hasta la cabeza para marearme con su cresta de exagerante espuma. Vi como Juan, sorprendido, doblaba su piernas al mismo tiempo que intentaba esbozar una sonrisa amplia pero débil y temblorosa como de caricatura. La limosina se estaba estacionando frente al edificio del cabildo cuando el jefe de aquel sequito de hombres maniquí daba instrucciones para que nos dirigiéramos a una sala de reuniones a través de la puerta lateral. Mientras caminábamos nos explicó que la prensa estaría presente en el salón. Había resulto realizar una presentación oficial de nuestras candidaturas. – Un momento- dije obligando a detener la marcha forzada. – Ni siquiera he podido asimilar como llegue hasta aquí. Ahora me dice que soy un candidato a la Alcaldía. No le he dicho si deseo aceptar- Grité conmocionado. El alcalde maniquí soltó una carcajada sonora que retumbaba en el edificio como el paso de un tren atravesando un túnel. – Mi querido amigo, no nos queda más remedio que pedirle amablemente que acceda a esta candidatura pero en todo caso, a Ud. no le queda más que aceptar con agrado esta encomienda de nuestro pueblo – Respondió el jefe maniquí.

– ¿Y si no acepto? – pregunté tímidamente. - - Tenemos facultades para penetrar en tu pensamiento, en tus sueños. Hacer de tu estado de relajamiento y descanso, una verdadera agonía mental. No te haremos daño físicamente pero el dolor que podemos ocasionar con hacerte pensar es de una magnitud que nunca has sentido. Sería como sentir que la piel de tu cuerpo es arrancada en in fina película al mismo tiempo y justo en el instante preciso de despegar el ultimo hilo de tus tejidos con la carne aun fresca, rosada y palpitando, cubrirla con sal marina del más grueso espesor para luego lavarla con el aguardiente más claro del mundo – Continuamos caminando hasta alcanzar la puerta donde se aglomeraban otros hombres maniquí con cámaras fotográficas, luces de neón y micrófonos. Aturdido aun sintiendo las palabras edl Alcalde guie guiado por ellos hasta el pulpito donde se dirigían a la audiencia.

Volteé a verlos. El alcalde tenía su mano izquierda sobre mi hombro y con la derecha saludaba al público congregado alrededor de la tarima. Los demás se daban las manos, sonrientes, con muecas de triunfo. Revisé mentalmente todo lo que me había sucedido. Pensé que sería sencillo. Una semana de sosiego y experiencia en el manejo del poder político. Me tranquilicé. Comencé a alegrarme. Sí, unas vacaciones lejos de mi mundo y de aquella ciudad mugrienta que habían dejado esta mañana y a la que había querido abandonar desde que estaba en el vientre de mi madre. Una semana despendrido de las responsabilidades que había heredado sin querer y que eran parte de la vida cotidiana para hacerla aburrida, vacía y sin más emoción que los altercados, disgustos y placeres con los más allegado. Juan parecía haberme leído el pensamiento. El también levantaba la mano en señal de triunfo. Todo pasó rápidamente Fuimos nominados y al pasar pocos minutos cada uno de nosotros habló de su plan de gobierno. El centro de mi campaña fue la promesa de realizar una colecta de deseos entre la gente para comprar con ella el sol que devolvería los colores a la ciudad. Diseñé todo un programa que incluía el análisis adquisición instalación de lo propuesto.

La cámara municipal aprobó la idea sin haber elegido al nuevo Alcalde con el entendido que la colocación del astro incandescente debía realizarse a las dos horas después de la juramentación de rigor. Se realizó el acto de votación al que todo mundo atendió. Solo faltó por votar el señor que vino caminando desde el polo norte tratando de pisar su propia sombra. El resultado apareció en la gaceta a la media hora de haber sido entregado el voto del último ciudadano en la fila. Fui elegido por una mayoría impresionante. Un millón de votos contra uno., el de Juan quien automáticamente fue elegido embajador plenipotenciario ante las puertas del cielo.

Cargado en hombros por la muchedumbre, fui llevado al Palacio Municipal. Comencé a negociar la contratación del sol. AL pasar dos horas exactas se presentó en mi despacho el comité de enlace del gobierno con el pueblo. – Sr. Alcalde, hemos venido a verificar la colocación del sol en el sitio programado por Ud. en su programa de gobierno, – Me hizo saber el cabecilla de aquel grupo. Cambié mis facciones para inspirar confianza y diligencia. – Nos falta finiquitar lo de la escalera que será utilizada para colgarlo. Ya tenemos el resto de los materiales en el almacén de la Alcaldía – dije con propiedad. – Pero Alcalde, la gente ya se ha preparado para la inauguración. Han colocado ofrendas florales en la plaza y guirnaldas en todos los postes. Una banda de música ya está sonando y lo esperan afuera para que diga el discurso del orden – me contestó alarmado el Director de enlace. – No te preocupes – respondí. – Yo personalmente hablaré con ellos para explicarles la situación -. Inmediatamente me dirigí a la plaza frente al cabildo para hblar con el público. En la calle todos estaban vestidos de fiesta y la música se oía en todas partes. Me incorporé ayudado por mis asistentes al piso movible que habían instalado frente a la plaza. – Amigos, pueblo querido. He dispuesto hablar con ustedes en esta ocasión para aclarar algunas cosas ateniéndome a la promesa de transparencia en la gestión gubernamental que ofrecí durante mi campaña. Debido a percances de carácter técnico en la contratación, nos hemos visto obligados a retrasar un poco la instalación del sol – dije con energía.

No pude terminar de hablar. Fui abucheado. La gente gritaba por el incumplimiento de mi promesa. La muchedumbre enojada se levantó con piedras en las manos que comenzaron a arrojarme. Los niños tomaron recipientes y comenzaron para mojarme con agua sucia. Era un pueblo encolerizado ente las ofertas no cumplidas. Enojados de sentirse engañados y utilizados por el candidato que compartía con ellos las mismas vicisitudes pero olvidado por el gobernante embriagado de poder. Cuando el monstruo de personas aglomeradas se levantó para lincharme, emprendí la retirada en carrera hasta la limosina. La encendí justo antes que la ola humana me aplastara. Oprimí el acelerador al tiempo que enfilaba hacia la estación del teleférico. La gente me perseguía en autobuses, camiones, incluso, en carrera. Enardecida y transformada en un multitus amenazante y asesina.

Al llegar a la estación corrí como pude al teleférico que estaba saliendo. Logré salta hacia adentro de una cabina en el momento que cerraba las puertas. En el piso, sudado y jadeante por la huida, descansé y ordené mis pensamientos. Me levanté y vi a través de los cristales como la gente me seguía en los carros que guindaban detrás del mío. Algunos habían subido a los cables para caminar sobre ellos como lo hacían los equilibristas de circo. Los veía acercarse. Tano, que podía tocar sus rostros. Comencé a sudar de nuevo y sentía como el corazón se atoraba en mi tráquea para aflorar en la garganta con un grito silente. El carro llegó a la cima de la montaña y otra vez emprendí la carrera contra el viento. Mis pantorrillas empezaban a doler y el paso se hacía más lento. Cuando salvaba los últimos metros de la pendiente, alguien me sostuvo por los pies y caí rodando pro el tobogán opuesto. Envuelto en nieve. Acelerando mi caída con el peso de las escamas de agua congelada y blanca. Sentí el impacto que causó la gran bola de nieve al chocar contra la puerta del ascensor para estallar en mil pedazo, Mareado y tambaleante me levanté sosteniéndome con las manos de las paredes del ascensor. Presioné el botón que lo haría subir. Cuando la puerta se cerraba, vi las manos perfectas del hombre maniquí impidiendo su fusión, Me miró a los ojos y sentí como, poco a poco, la piel se despegaba de mi cuerpo. El dolor era insoportable y podía ver como mi carne se cubría de una sustancia viscosa y roja. Mis piernas comenzaron a flaquear. Sentí que el vapor de la vida se desvanecía y me desmayé.

Lentamente recobré el conocimiento. Me sentía cansado y viejo. Entre lágrimas y tinieblas mis ojos se abrían con torpeza. La mente entraba en conflicto con el cuerpo, Me levanté y asomé a la ventana. A lo lejos podía ver al hombre que saltaba tomando impulso, tratando de pisar su propia sombra frente al edificio de largas escalinatas y puertas anchas, El sol mostraba su cabellera en el horizonte encendiendo el cielo de color naranja alegría. Miré a mi alrededor y notéq ue estaba en mi habitación. Alcancé a ver la cama mojada por el sudor de la fiebre delirante y podía percibir el olor a café fresco que preparaba Yolanda en las mañanas. El cuerpo ganó la batalla. Volví a la cama y me recosté.

Era tiempo de soñar de nuevo con la promesa de los colores para un mundo sin color…

Saludos Cordiales.
Atentamente,
Víctor J. González Q.
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