Hace un cuarto de siglo
Rafael Vidal estremeció a Venezuela

Conquistador del bronce en los 200 metros mariposa en las Olimpíadas de Los Ángeles, se convirtió en el "antes y después" de las nuevas generaciones deportivas del país en aquella época
JOSÉ VISCONTI
Menos de 2 minutos - 1 minuto, 57 segundos, 51 centésimas para ser exactos, marca suprema panamericana- necesitó para romper la granítica barrera del anonimato y ubicarse entre las gemas del deporte venezolano a lo largo de todas las épocas.
Demostración inequívoca de que el personaje a quien evocamos hoy, al quebrar el cronómetro frente al público planetario, ingresó en la auténtica inmortalidad, esa que sólo enraiza en el fondo de los hechos que, a su vez, transforman a la sociedad y sus componentes.
Él requirió ciertamente mucho más que potencia, horas y horas de agónica preparación, lágrimas, decepciones, miles de metros en el agua, para adquirir el pleno derecho a los honores y constituirse en ejemplo -y modelo con pies de plomo- de millones de jóvenes en Venezuela y mucho más allá, como tercer exponente del globo terráqueo en la ardua disciplina que ejercitó con fervor verdaderamente místico.
Ayudó, en suma, a sembrar la pedagogía de la autoestima entre los venezolanos, especialmente en las generaciones de relevo, simultáneamente con la convicción de que no hay montaña suficientemente alta cuando se anteponen la voluntad de ser y el trabajo como piedra angular.
EL DIA SOÑADO
Corrían las primeras horas de la noche del 3 de agosto de 1984. Venezuela entera, ansiosa, aguardaba el pistoletazo de los 200 metros estilo mariposa. El motivo era la actuación de un compatriota de amplia y brillante trayectoria, Rafael Vidal.
Vibraba de vigor y valor competitivo el longilíneo y veloz atleta a las puertas del supremo desafío de su vida como partícipe de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.
Seguramente, mientras escuchaba las instrucciones de los oficiales responsables de la prueba y luego de verificar los detalles reglamentarios, recordaba cuando su madre, Marina, su sempiterna guía -espiritual, sobre todo- lo llevaba a los cursos de iniciación en el Parque Miranda. Era en aquel entonces una criatura de siete años.
Cubrió los diferentes niveles de exigencia hasta cuando, a los doce, tuvo lugar el encuentro que influiría radicalmente en su visión y acción deportiva.
Incorporado a la cuerda del Colegio Santiago de León, al este de Caracas, paulatinamente se convirtió en integrante de un poderoso equipo de nadadores que arrasaba todo con fuertes y decisivas brazadas, bajo el mando de un maestro tan sabio como inflexible, Don Alfonso Victoria, el hombre que ayudó a tallar en este tritón inolvidable los ribetes de personalidad, carácter, arrojo y valentía que pusieron su nombre en la galería de las piletas universales.
En ese rápido " film" de pasos hacia la gloria por fuerza surgió la evocación de su etapa universitaria en Gainsville, Estados Unidos, donde su formación como nadador del máximo nivel aportó lo suficiente para estar allí en esa noche de supremos matices, junto a varias de las figuras venidas desde diversas latitudes en pos de los laureles olímpicos.
Entrenamientos de tres y hasta cuatro sesiones diarias, casi siete horas en el plan a cumplir desde el amanecer. En suma, quince años de esforzado ascenso hasta desembocar allí, en el complejo de piscinas de Los Ángeles, hermosísimo escenario de los Juegos de Verano. Tenía exactamente veinte de nacido en Caracas.
ANTES Y DESPUÉS DE RAFAEL
Para esa época, un cuarto de siglo atrás, llevaba a cuestas un grueso cartapacio de conquistas de elevadísima jerarquía en teatros de concurrencia estelar.
Así, oro en 100 y 200 mariposa, en Bolivarianos de Barquisimeto y Suramericano de Medellín, 1981; Centroamericano y del Caribe de México, 1981; además del bronce en 100 y 200 mariposa de los Juegos Panamericanos de Caracas.
A su lado estábamos millones de televidentes a punto de presenciar la rutilante explosión del sexto venezolano poseedor de una medalla en la historia de las incursiones olímpicas de nuestro país.
Clasificado entre gigantes, física y técnicamente hablando (el más temido, Michael Gross) su evolución se desarrolló perfectamente, momento a momento, en la alberca. Un toque audaz resultó la diferencia. Agenció medio segundo por debajo de la marca (1. 58) que se había fijado en su plan de batalla.
Como recompensa, nos trajo la primera medalla de la natación criolla en tan alta escena del planeta. Concretó en ese bronce la más grande -y mejor- contienda de su extraordinario devenir personal en obsequio al pabellón tricolor. Rafael señaló, con su impresionante contribución olímpica, el antes y después de nuestra natación…para siempre, hoy más vital que nunca.
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