Llegó Caperucita a la choza del bosque. El lobo, ya tenía encerrada a la abuelita en el armario, bien amordazada y en pelotas. Muy ladino él, se había colocado un camisón de volantes de la vieja, junto con un gorro de dormir que le sentaba fatal.

Entró la niña con el corazón en la garganta ( los últimos kilómetros los había hecho corriendo sin parar ). De un vistazo, la niña cayó en la cuenta de con quién se jugaba los cuartos. Haciéndose la tonta , comenzó con aquello tan idiota de : Abuelita, abuelita, ¡ qué ojos más grandes tienes!. Etc. Etc. Hasta que dijo : Abuelita, abuelita, ¡¡ que paloma más grande tienes!!. ¿ Sí, te lo parece? – preguntó orgulloso el lobo. – pues es para … ¡¡

Para follarme mejor !! – gritó la deslenguada......

saltando de un brinco sobre la verga lupina, ensartándose hasta los mismísimos.

Y se folló al lobo de todas las maneras posibles, hasta que la pobre bestia pidió clemencia. Al final, sin poder ya más, el animal se escondió en el armario, tirando de allí a la abuela. Caperucita , que estaba hecha una odalisca enloquecida y ante los gritos de la anciana pidiendo socorro, acertó a pasar un joven cazador que, al ver el espectáculo por el ventana, entró en la cabaña a calzón quitado. Culeó Caperucita con la virilidad del cazador empotrada en su potorro.

La abuelita, aprovechando el receso, volvió a esconderse en el armario ; pero allí, el lobo – que se había recuperado algo- la emprendió con su rabo delantero, con lo que el armario comenzó a moverse como si hubiesen fantasmas dentro.

Llegaron los padres de Caperucita y , al ver aquel armario tan raro, entraron dentro, encontrándose al lobo y a la abuela dale que te pego. Quisieron participar en la fiesta y , mientras la madre chupaba a su madre, el padre ofrecía su agujero paterno al lobo forastero. Golpeó la puerta el hermano pequeño de Caperucita. Le abrieron el armario y también entró y , aunque , al principio, vio más estrellas que la bandera de los estados unidos, terminó por acoplarse a todo lo que le echaban. Al final , salió del armario por la puerta grande. El hermano mayor de Caperucita, que pasaba por allí, viendo pendulear los apetecibles cojoncillos del cazador, le echó mano a la canana.

El cazador que, aunque ya había hecho varios disparos de frente y de espaldas a la muchacha, no le hizo ascos a disparar otra tanda en la diana del hermano. Mientras explotaba la pólvora en su retaguardia, el muchacho lamía la entrepierna de Caperucita, tan roja, tan roja, como su caperuza.

FIN DEL CUENTO.

























































