Cuando termina la función y retorna a su soledad, Hugo Chávez vuelve a ver el calendario y siente otra vez el frío del miedo. Su final como Presidente está marcado.
Por: Elizabeth Araujo
Llegó casi de madrugada. Callado. Colándose en la quietud de su despacho. Los párpados vencidos en el desvelo. Más bien abrumado por alguna inquietud o torturado por un pensamiento que no lo deja tranquilo.
Exigió la taza de café, no bromeó esta vez con el mesonero, y comprobó no sin asombro el atajo de material arrumado en el escritorio. Cuando estaba por abrir la carpeta estampada con letras negras y la palabra "confidencial", sonó el teléfono.
Entonces Hugo Chávez volvió a ser el militar aferrado al poder. No terminó de oír las explicaciones del ministro y ordenó reprimir de inmediato y con dureza, a esos estudiantes que exigen sus derechos.
Que reciban una lección inolvidable, que no olviden quién manda en este país. La impaciencia volvió a adueñarse del Presidente, bramó ira y, echando a un lado la agenda del día, emprendió su única salida de escape.
La tarea que le ha asegurado por ahora su autoridad: la arenga pública. Entró al vehículo blindado, comprobó que todos los espalderos estaban en sus puestos y dio la orden de salida.
La otra escena es ya de dominio público. Una imagen repetida hasta el cansancio. Incluso para él mismo. Los funcionarios apocados y sonrientes.
Los pedilones de oficio exigiendo vivienda o un puesto en la alcaldía. Las mujeres de su partido, atrevidas, que rompen el cerco de seguridad y se abalanzan para decirle que lo aman. Y las miradas extrañas e indescifrables de alguna gente del público que sólo observa y que en las noches se le aparecen en sus pesadillas.
Urgido por la fatalidad de mantenerse en el poder, Hugo Chávez inicia su acto de prestidigitación. Es el mismo discurso iracundo de estos diez años, pero aderezado con las noticias del día.
Repite lo del plan conspirativo del imperio, fustiga a la endiablada burguesía, vuelve a decir que está predestinado por un mandato histórico a transformar Venezuela y, tras largas horas de cuentos y advertencias, concluye apelando a la emotividad, pidiéndole al público salir a la calle. A defender los frutos de la revolución. A aplastar a esos enemigos del proceso sean vecinos o familiares que suelen esparcir denuncias u opiniones que duelen a diario.
Quien lo ve por televisión, cree que a Hugo Chávez no le hace falta defender su reelección, porque está bañado de respaldo popular y si algo fallara queda su "valentía" de combatiente. Pero, mensaje equivocado. Muchos de quienes lo detestan terminan creyéndole, sucumbiendo a la desesperanza y abandonan al primer intento, huyendo del país para no transitar otra vez el camino de las dificultades.
Ignoran que este hombre enfundado en ropaje militar y gestos insolentes no es siquiera el dueño de su destino. Cuando termina la función y retorna a su soledad, Hugo Chávez vuelve a ver el calendario y siente otra vez el frío del miedo. Su final como Presidente está marcado.






