El culto a la virgen

Todos los temas no póliticos pueden ser debatidos aquí.

El culto a la virgen

Notapor Panchita Mandefua el Dom Sep 07, 2008 12:12 pm

Esta es sólo una invitación a pensar y a analizar, no a polemizar con mucho respeto para mis amigos los católicos.

La Virgen María es, indudablemente, la más bendita y santa de las mujeres, habiendo sido la madre del Hijo de Dios en su encarnación por tal motivo merece ser amada, honrada e imitada.

Es necesario, además, aceptar lo que declara el Evangelio respecto a su milagrosa concepción de la Persona de Nuestro Señor Jesucristo por obra del Espíritu Santo que hizo de esta santa doncella la Virgen Madre de las profecías del Antiguo Testamento.

Todo esto creen y reconocen por lo general los fieles de las iglesias evangélicas, salvo, naturalmente, aquellos que han caído bajo un exagerado modernismo teológico.

Permítanme citar las hermosas palabras de María que aparecen en el evangelio según San Lucas (capítulo 1) y que pocos de sus seguidores conocen:

1:46 Entonces María dijo:
Engrandece mi alma al Señor;
1:47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
1:48 Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.
1:49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso;
Santo es su nombre,
1:50 Y su misericordia es de generación en generación
A los que le temen.
1:51 Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
1:52 Quitó de los tronos a los poderosos,
Y exaltó a los humildes.
1:53 A los hambrientos colmó de bienes,
Y a los ricos envió vacíos.
1:54 Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia
1:55 De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham y su descendencia para siempre.

Sobre este asunto me siento de una misma mente y corazón con los católicos más adictos al dogma básico de la Iglesia Cristiana en todos los siglos: El nacimiento virginal de Nuestro Señor Jesucristo por obra del Espirito Santo. Desafiamos a los teólogos modernistas, católicos o protestantes, a que nos prueben, con citas de la Biblia o de los primeros escritores cristianos, que no fue la concepción virginal de Jesucristo una doctrina creída y enseñada desde los mismos orígenes del Cristianismo. Ni los más disparatados sectarios de los primeros siglos de la Era cristiana se atrevieron a ponerlo en duda. Por tanta, estamos en este punto de perfecto acuerdo con la inmensa mayoría de los católicos. Sin embargo,

La Iglesia católica Romana continúa enseñando:

· Que la misma Virgen María nació por Concepción milagrosa y sin pecado original, al igual que el propio Hijo de Dios.

· Que Dios la ha nombrado y hecho Reina de los Ángeles (Letanía de la Virgen).

· El papa Pio XII decreto como dogma de fe, en el año 1950 la Asunción de la Virgen, o sea, la doctrina de que ella fue resucitada y ascendió al Cielo, igualándola así con las prerrogativas del santo y eterno Hijo de Dios.

Aunque existe una saludable tendencia de reforma en la iglesia Católico Romana a este respecto, todavía hay muchos católicos que pretenden que la bienaventurada Virgen se complace en verse reverenciada y honrada por medio de Imágenes, en muchos casos más que el mismo Redentor, y que no desaprueba el que se dediquen inmensas fortunas para vestir y coronar a las tales figuras de su persona con un lujo que ella jamás ostentó, mientras millones de pobres carecen de lo más necesario y millones de paganos mueren en la ignorancia del amor de Dios por no haber suficientes misioneros que les prediquen las buenas nuevas.

Pero el Santo Evangelio dice:

Que la Virgen María, a pesar de su inigualable perfección moral, necesitó, como todos los mortales, un Salvador: Engrandece mí alma al Señor —declara ella misma—; y mí espíritu se alegró en Dios mi Salvador (Lucas 1: 43 47).

Que el Omnisciente Hijo de Dios no quiere ser advertido o rogado por su misma madre, según la carne, porque Él conoce mejor lo que conviene hacer (Véase el caso de Caná, en el Evangelio de Juan 2:3 Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. 2:4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.)

Que nadie debe tributar expresiones de extremada alabanza a la bendita Virgen, por el mero hecho de haber sido el instrumento escogido por Dios para la Encarnación del Verbo.

Así lo declara en aquella ocasión cuando una mujer, entusiasmada por las palabras de inigualable sabiduría que salían de la boca de Cristo, exclamaba: “Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos de que mamaste.” Jesús en lugar de seguir las inclinaciones de esta primera “Devota de la Virgen”, llenando de elogios a su bendita madre, o profetizando sus glorias declara en tajante réplica: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lucas 11:27-28)

Otra expresión no menos extraordinaria, pero muy natural si se considera que el Omnisciente Hijo de Dios conocía el abuso idolátrico que se haría en siglos posteriores del recuerdo bendito de la Virgen María, es aquella declaración de Cristo cuando su madre y sus hermanos estaban buscándole.

En lugar de introducir a su santa madre en la asamblea y aprovechar la ocasión para llenarla de merecidas alabanzas, que vendrían de perlas a los futuros veneradores de María, el divino Señor responde enfáticamente: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? y mirando a los que estaban sentados alrededor de El, dijo: “he aquí mí madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, éste es mi hermano y mi hermana y mí madre” (Marcos 3:33-35)

Los apóstoles declaran acerca de Cristo: “Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Si los santos apóstoles hubiesen mirado a la madre del Señor como muchos católicos de hoy día, ¿no habían hecho una salvedad en favor del bendito nombre en quien, según dicen, se alcanzan todos los favores y, sobre todo, el de la salvación?
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Re: El culto a la virgen

Notapor Panchita Mandefua el Dom Sep 07, 2008 12:19 pm

Testimonio de los santos padres de la Iglesia Primitiva

Ninguno de los siguientes y bien notables escritores de los tres primeros siglos, san Bernabé, san Hermas, san Clemente de Roma, san Policarpo, Tatiano, Atenágoras, Teófilo, san Hipólito, san Firmiliano, san Dionisio, Arnobio, etc. mencionan en todos sus escritos a la Virgen María ni una sola vez.

Justino Mártir la menciona dos veces hablando del nacimiento de Cristo: pero tal como la haría un escritor evangélico de nuestros días: sin ninguna expresión especial de veneración o culto. Tertuliano la menciona cuatro veces en la misma forma.

Orígenes, san Basilio y san Juan Crisóstomo hablan de sus defectos, Crisóstomo dice que “fue movida por ambición y arrogancia excesiva cuando envió un mensaje a Cristo para demostrar la influencia que tenía sobre Él” (Homilía de San Mateo 12:48) Sin duda es ésta una opinión exagerada que los evangélicos no compartimos; pero el haberla propuesto este gran padre de la Iglesia, demuestra que en su tiempo no existía el culto a la Virgen.

Eusebio, célebre autor de la Historia Eclesiástica dice: “Ninguno está exceptuado de la mancha del pecado original, ni aun la madre del Redentor del mundo; solo Jesús quedo exento de la Ley del pecado, aún cuando haya nacido de una mujer sujeta a pecados (Emiss. In Horat. 2 de Nativ.)

San Agustín dice: “María murió por causa del pecado Original, transmitido desde Adán a todos sus descendientes” (salmo 34, sermón III)

San Anselmo declara: “Si bien la concepción de Cristo ha sido inmaculada, no obstante, la misma Virgen de la cual nació, ha Sido concebida en la iniquidad, y nació con el pecado original; porque ella pecó en Adán, así como por él todos pecaron” (Op. Pág. 9)

Santo Tomás de Aquino, sumo doctor da la Iglesia Romana en s. XII, luchó valientemente en contra de la que él consideraba herejía de la inmaculada concepción, y dice: “La bienaventurada Virgen María, habiendo sido concebida por la unión de sus padres, ha contraído el pecado original'' (Summa teológica, part. 3 pág. 65)

Los franciscanos, capitaneados por Duns Scott, defendieron la concepción Inmaculada de María y surgió de esto, entre ellos y los dominicanos secuaces de santo Tomas de Aquino, una áspera e interminable polémica.
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Re: El culto a la virgen

Notapor Panchita Mandefua el Dom Sep 07, 2008 1:11 pm

Origen Pagano del culto a María

¿De donde sacó la Iglesia Católica la idea de que debían tributarse a María honores casi divinos? Si no fue del ejemplo y autoridad apostólica, debía ser y fue únicamente del paganismo.

El paganismo tenía sus diosas, que apelaban a tos sentimientos femeninos. Era halagador para las matronas y doncellas grecorromanas poder decir a una de su sexo:

"Oh hija de Saturno señora venerable
Que moras el gran fuego en la llama eternal,
Los dioses han puesto en ti morada estable,
Perenne fundamento de la raza mortal”


(Los himnos de Orfeo. Himno a Vesta. Taylor, las dos Babilonias)

Era costumbre muy arraigada entre las matronas romanas dirigirse a Juno (Diana) llamándola “Romana Reina del Cielo”; las vestales consagraban su virginidad a la diosa del fuego; y a la diosa Ceres se le llevaban ofrendas simbólicas de trigo de los campos (Jeremías 44:17-19 y 25); pero el cristianismo no tenía diosas de ninguna clase porque como dice san Pablo, en el reino de Dios “no hay varón ni hembra” Por esto los neófitos medio convertidos del paganismo, hallaron en falta una persona femenina que adorar: y existiendo entre los recuerdos venerabas de aquella breve Edad de Oro, en que el cielo se comunicó con la tierra, una grata memoria de aquella santa mujer que fue madre del Salvador, la idolatría tan arraigada en sus corazones empezó a manifestarse tributando a ella honores similares a los que hablan estado rindiendo a las diosas de su religión pagana. Era la misma actitud, el mismo lenguaje y a veces, hasta los mismos ídolos, a los que se cambiaba simplemente el nombre.
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Re: El culto a la virgen

Notapor Magaga el Sab Sep 13, 2008 7:25 am

María, la Virgen creyente

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Marcelino de Andrés

La fe. ¿Cómo entender la existencia de la Virgen María fuera o al margen de la fe? Sólo en la fe y gracias a Ella se explica el modo como María afrontó las diversas circunstancias de su vida. Es muy común que se nos presente a María como modelo de fe. Se le ha dado el título de Virgen creyente. Y lo merece con pleno derecho. María creyó con una fe sencilla y a la vez colosal y muy profunda. La fe de María era de esas que podían mover montañas y hacer cosas mucho mayores. Pero no fue una fe fácil, cómoda, sin complicaciones. La fe de María se vio envuelta repetidas veces en nubarrones muy negros y fue puesta a prueba duramente en el trascurso de su peregrinar terreno.

Basta echar un vistazo con ojo atento por la vida de María para ir descubriendo el talante de esa fe fuera de serie que impregnó la existencia de en una mujer que pisó la misma tierra que nosotros.

Fe en la anunciación.

Cuando leemos en el evangelio el relato de la anunciación, salta la vista la fe humilde de María. Fe para creer en esa aparición angélica. Porque aunque en aquel tiempo parecía estar de moda el que Dios enviase a sus ángeles como mensajeros, cualquiera (también María) podría haber pensado que se trataba quizá de una alucinación, o de un engaño. Pero Ella cree que es un enviado celeste y su comportamiento ante él lo atestigua.

Da crédito también a su mensaje. Se lo toma en serio. Tanto que quedó turbada ante semejante salutación y le pareció incomprensible buena parte del mensaje divino de Gabriel. Y con mucha razón. ¿Quién comprende que una virgen vaya a concebir (permaneciendo virgen) y dar a luz al Hijo del Altísimo? María tampoco entendió cómo sería eso posible, pero nunca dudó de que lo fuera. “Creyó tanto al ángel, tanto, que no podía creerlo”, diría Pemán. Creyó en ese anuncio cargado de misterio. Nada menos que del misterio más grande y sublime, el de la encarnación del Hijo de Dios. Y María exclamó: “hágase en mí según tu palabra”, porque tuvo fe en que se cumplirían las palabras que le fueron dichas de parte del Señor.

Hay otro hecho que revela la fe de la Virgen María en la anunciación: el que saliese con presteza a la región montañosa para asistir a su prima Isabel que, conforme a las palabras de Gabriel, debería estar en cinta y necesitaba de sus servicios. Si no hubiese creído, no se hubiera inmutado, ni hubiera salido corriendo para visitar a su prima. Pero su fe le llevó a poner manos a la obra y darse al servicio de su necesitada pariente.

Fe en Belén.

De pronto, cuando María estaba en estado de gestación avanzada, César Augusto tuvo la feliz idea de hacer un censo mundial. Así que, ahí tenemos a la pobre de María y al bueno de José, yendo a empadronarse a su puedo de origen, Belén. No debió ser nada cómodo y placentero para ambos realizar un viaje así, estando María en el estado en que estaba. Pero Ella iba feliz, pues sabía a Quién llevaba en sus entrañas y le era de inmenso conforto. José iba preocupado por Ella, pero también feliz de verla serena y contenta a Ella.

Y sucedió que estando ellos en Belén, se le cumplieron a María los días del alumbramiento. A buena hora al bendito César se le ocurrió ordenar el famoso conteo de su gente... Porque resulta que precisamente esos días, Belén y los alrededores estaba a reventar de gente que venía también a empadronarse. Y, claro, para una mujer a punto de dar a luz era difícil -por no decir imposible- encontrar un sitio discreto y lejos de miradas curiosas. Total que, como era de temerse, no hubo sitio apropiado para ellos en ninguna posada. Tuvieron que retirarse y contentarse con una cueva-establo que encontraron vagando por los contornos.

El Hijo de Dios vino al mundo en un establo y tuvo por cuna un pesebre. María sabía que ese niño recién nacido que acunaba en su regazo era el Hijo del Altísimo, el Mesías, el heredero del trono de David. Y sin embargo Ella, su madre y él, su Dios, estaban en el lugar más humilde y miserable. Y al ponerlo, no sin temblor, en el presepio, a pesar de lo que veían sus ojos y palpaban sus sentidos, siguió creyendo en la promesa: “heredará el trono de David, su padre, y será grande y su reino no tendrá fin...”

No es fácil mantener la fe cuando todo lo que nos rodea parece ir en contradicción directa con lo que se cree. Qué maravilla de fe la de quién acepta, como María, que lo que podía parecer lo peor, fue escogido por Dios como lo mejor...

Fue en Belén también donde un buen día la sagrada familia recibió la inesperada visita de unos Reyes sabios de Oriente. Ellos ofrecieron al niño dones regios: oro, incienso y mirra. Y María, al ver a esos tres ilustres personajes caer postrados y adorar a su Jesús, seguramente sintió reforzarse su fe. Necesitaba ese refuerzo, pues a los pocos días su fe volvería a ser puesta a prueba. Un ángel avisó en sueños a José que debía tomar consigo al niño y a su madre y huir a Egipto, porque el rey Herodes buscaba al pequeño para matarlo.

Fe en la huida a Egipto.

Vaya, precisamente cuando las cosas en Belén comenzaban a ir mejor que nunca. En ese momento tienen que tomar sus bártulos e irse a otra parte. Y ahí tenemos una vez más a la Madre de Dios, al Hijo de Dios y al justo de José huyendo de un tirano caprichoso y yéndose a vivir como inmigrantes a un país extranjero. De nuevo aquí la fe de María se mantuvo encendida y entera, sin dudar que aquel Jesús indefenso que ahora tenía que huir y esconderse, era realmente el Ungido de Dios, el Salvador del mundo, el Rey de reyes y Señor de señores.

Fe durante la vida oculta en Nazaret.

Treinta años de fe sin que pasase aparentemente nada. Treinta años viendo crecer a ese crío como todos los demás; viéndolo jugar y comer y aprender como cualquier otro del pueblo. ¿Qué reino sin fin y poderoso, ni qué grandezas, ni que abundancia de siervos y bienes, podían salir de aquel niño, en aquella pobre casa, donde José, con sierra y cepillo en mano, se ganaba a duras penas el pan de cada día para los tres? Y su madre continuaba creyendo firmemente en Él.

Treinta años sin signos o gestos extraordinarios, creyendo que llegaría una hora que por momentos le parecía a la Virgen que no iba a llegar nunca. Treinta largos años de la más absoluta normalidad, interrumpida tan sólo por el episodio aquel del extravío de Jesús en Jerusalén. Episodio que resultó ser como un relámpago de luz tan intensa y fugaz que quizá no aclaró demasiado la fe de María y la volvió a dejar sumida en ese ir dándole vueltas dentro de su corazón al misterio de su Hijo.

Me imagino a María rezando en aquellas tardes serenas de Nazaret; y mientras hablaba con Dios, la veo recapacitar y darse cuenta de que tenía a ese Dios en sus brazos. Me la imagino cuando el pequeño Jesús llegaba a casa con algún rasguño en la rodilla, después de una accidentada tarde de juegos callejeros con sus amigos. Y en lo que Ella le curaba la herida, seguiría dando vueltas en su corazón a las cosas tan sublimes que sabía acerca de aquel niño que también se hacía daño al caerse al suelo. Me la imagino observando cómo su Jesús se aprendía de memoria pasajes de la Sagrada Escritura, pregúntandose si ese muchachito comprendía que muchos de esos pasajes se referían a él mismo. Me la imagino cuando al atardecer recibía con la cena lista al joven Jesús que llegaba rendido del taller de José; y mientras le servía se preguntaría cómo puede Dios cansarse tanto...

Nazaret, sin dejar de ser algo precioso por la cercanía y convivencia con Jesús, fue para María también un largo crisol para su fe. El crisol purificador de lo ordinario prolongado por treinta años.

Fe durante la vida pública de Jesús.

Un buen día llegó la hora. Jesús se despide de su madre porque ha llegado el momento para Él de predicar e instaurar su Reino. Nada especial en la despedida. Pocas palabras, casi ninguna explicación. Jesús debe partir y María quedarse sola. Quizá no entendió por qué hasta ahora. Por qué justamente cuando, faltando ya José, le era más necesaria la presencia de Jesús junto a Ella. No hubo forcejeos, Ella aceptó en la fe su soledad.

Durante esos años de correrías apostólicas de Jesús, María estaba pendiente de lo que su Hijo hacía y de lo que de Él se decía. Y no todo lo que se hablaba de aquel nuevo profeta era halagüeño ni como para confortar la fe de su madre. Llegaban a los oídos y a la finísima sensibilidad de la Virgen también chismes y calumnias, que sin duda harían mella en su alma y chocarían contra su fe. Pero su fe granítica aguantó firme y segura todo aquello.

En cierta ocasión llegó Jesús a Nazaret. Leyó el pasaje de la Escritura y predicó en la sinagoga, al parecer con palabras excesivamente claras para aquellos pueblerinos. El fracaso apostólico de Cristo ese día fue rotundo y la indignación furiosa de la gente algo que rozaba la locura. Tan es así que a empujones y gritos lo condujeron hasta un precipicio con intención de despeñarlo... Y su madre presenció la bochornosa y dramática escena con el corazón angustiado. El enfurecido rechazo que sus paisanos le propinaron a su Hijo, fue un nuevo atentado contra su fe. Pero tampoco esta vez sucumbió. “Cuando su parentela no creía en Jesús -decía Juan Pablo II-, y las multitudes tenían más entusiasmo que fe, Ella permanecía inflexible en su fe”.

Fe durante la pasión y muerte.

Se ha llamado a este momento la hora suprema del dolor y, por tanto, del amor de María. Pero también lo es de su fe. Porque era ver padecer y morir de esa manera a Jesús, al que era el Mesías prometido, el liberador de Israel, el Hijo del Altísimo, el Rey eterno... Seguramente no hubo prueba mayor que esa para la fe de su Madre.

Ella, con el alma ahogada en sangre, fue capaz de recorrer el camino hacia el calvario con su Hijo apoyándose en la fe y el amor. Con el corazón pesado como el plomo por la pena, pudo mantener su fe tan en pié como Ella misma junto a la cruz. “En aquel momento -dirá Pemán- María reconcentraba en sí toda la fe del universo”. Y con el cuerpo muerto de su Jesús, sostuvo a la vez en sus brazos, bien asida -aunque bañada de serenas lágrimas-, la fe. No permitió que su fe cayese por tierra ante la evidencia de que todo parecía haber acabado drásticamente, de que todo parecía haber sido una farsa sin sentido.

Tres días de combate interior contra esas malditas evidencias que trataban de corroer y minar los fundamentos de su fe. Tres días recordando en su mente y en su corazón todo lo vivido y experimentado con en relación a ese Hijo suyo que había dicho ser la Resurrección y la Vida y que, sin embargo, ahora yacía inerte en un sepulcro. Quizá sólo entonces entendió la lección de aquellos lejanos tres días de angustia buscando a Jesús perdido en Jerusalén, como preparación de estos otros tres buscándolo también, pero sabiéndolo ya muerto.

La llama de la fe de María aguantó encendida en espera del día glorioso y jubiloso de la resurrección.

La resurrección de Jesús y el premio a la fe de María.

No está escrito en el evangelio, pero es segurísimo que Jesús resucitado a la primera persona que se apareció fue su Madre.

La mañana de aquel domingo María despertó antes de lo normal. Tenía el presentimiento de que algo grandioso estaba a punto de suceder. Y efectivamente, sucedió. De pronto Jesús apareció vivo en el umbral de la puerta. María sí lo reconoció de inmediato. Se le echó al cuello y Jesús la abrazó tiernamente. Esta vez Ella no le preguntó como en aquella otra ocasión: “¿por que nos has hecho esto?”. Esta vez fue Él quien habló primero y quizás una de las primeras cosas que le dijo, secándole las lágrimas de alegría, fue: “mujer, ¡qué grande es tu fe!”.

La fe en continuo crecimiento de María llegó realmente a grandezas enormes. A nosotros nos da vértigo sólo de pensarlo. Porque nosotros estamos empeñados en discutirlo todo, juzgarlo todo, entenderlo todo según nuestras ridículas casillas mentales. A nosotros nos produce pánico o nos irrita la fe cuando nos contradice. Nosotros no hubiéramos aceptado una anunciación de semejante irracionalidad, ni las circunstancias miserables de Belén, ni la humillante huida a Egipto, ni mucho menos toda esa locura de la pasión y muerte. A nosotros nos falta, en silencio, aprender de Dios, más que intentar meterlo a Él en nuestras raquíticas categorías. Y en esto María, la virgen creyente, puede enseñarnos todo.
Última edición por Magaga el Dom Sep 28, 2008 7:38 pm, editado 1 vez en total
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Re: El culto a la virgen

Notapor Magaga el Dom Sep 28, 2008 4:18 pm

El cardenal Kasper presenta a la Iglesia anglicana el papel ecuménico de María

Durante la peregrinación conjunta anglicano-católica a Lourdes

LOURDES, jueves 25 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- La devoción a la Virgen María tiene un papel fundamental en el diálogo ecuménico, en el camino hacia la unidad plena y visible entre los cristianos, afirmó el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos.

El purpurado presidió este miércoles una celebración en la Gruta de las Apariciones de Lourdes, en una peregrinación conjunta entre anglicanos y católicos, que había partido desde el santuario de Nuestra Señora de Walsingham (Inglaterra). La homilía la pronunció el arzobispo de Canterbury, reverendo Rowan Williams, que es publicada este 26 de septiembre en "L'Osservatore Romano".

De hecho, admitió el cardenal Kasper, "Lourdes es conocida por sus milagros. ¿Quién habría podido imaginar, sólo hace 20 ó 30 años, que católicos y anglicanos habrían peregrinado y rezado juntos?"

"Para quienes conocen los debates y las polémicas del pasado sobre María entre los católicos y los cristianos de las Iglesias no católicas, para cuantos conocen las reservas del mundo no católico hacia los lugares marianos de peregrinación, para todas esas personas, el acontecimiento de hoy, sin precedentes, es un milagro", subrayó.

Según el cardenal Kasper, María es una pieza fundamental del movimiento ecuménico, aunque este tema "no es ni común ni obvio entre los ecumenistas".

La devoción a María es, recordó el purpurado, una cuestión plenamente compartida con los ortodoxos, "pero también existía devoción mariana en el tiempo de la Reforma".

"Lutero veneró con fervor a María durante toda su vida, a la que profesaba , con los Credos antiguos y los concilios de la Iglesia del primer milenio, como Virgen y Madre de Dios. Era crítico sólo respecto a algunas prácticas, que consideraba abusos y exageraciones", añadió. "Lo mismo sucedió con los reformistas ingleses".

El rechazo a la doctrina sobre la Virgen María se produjo, más bien, durante la Ilustración, "en un espíritu conocido como 'minimalismo mariológico'", explicó el cardenal Kasper.

Sin embargo, gracias a "una lectura y una meditación renovada de la Sagrada Escritura, observamos un cambio lento pero decisivo", aclaró, y citó al respecto varias declaraciones conjuntas entre católicos y luteranos, que van en esta dirección.

"María no está ausente, sino que está presente en el diálogo ecuménico. Las Iglesias han llevado a cabo progresos en el acercamiento sobre la doctrina de Nuestra Señora. Nuestra Señora ya no nos divide, sino que nos reconcilia y nos une en Cristo su Hijo", añadió.

Especialmente se refirió a las dificultades que atraviesa actualmente el diálogo con la Comunión Anglicana, y afirmó que esta peregrinación "puede ser considerada como un signo positivo y alentador de esperanza, incluso un pequeño milagro".

"Hay motivo para esperar que Nuestra Señora nos ayude a superar las dificultades actuales de nuestras relaciones, para que con la ayuda de Dios podamos continuar nuestra peregrinación ecuménica común", añadió.

El purpurado se refirió a María como modelo de la Iglesia, "elegida por Dios desde la eternidad", y se refirió a la cuestión de la salvación por la gracia divina y no por los méritos o esfuerzos propios, un punto que "ya no divide" a los cristianos, añadió.

Por otro lado, habló de la fidelidad de María a los pies de la cruz. "María es un ejemplo de discípulo. Dios pide nuestro sí en respuesta a su sí, que colaboremos con su obra salvadora", añadió.

Si los cristianos siguen divididos, afirmó el cardenal Kasper, es "porque nuestro amor y nuestra fe se han debilitado. Cada vez que el pensamiento del mundo y sus parámetros manchan a la Iglesia, la unidad de la Iglesia se encuentra en peligro".

"María no nos guía hacia lo que agrada a todos, sino a los pies de la cruz. Por tanto, tomémosla como ejemplo, y de esa forma daremos pasos adelante en nuestra peregrinación ecuménica", añadió.

Por último, se refirió a la cuestión de la veneración a la Virgen y a los santos, cuestión que "provoca aún dificultades" entre los protestantes y anglicanos. "Pero como cualquier madre intercedería por sus hijos, y como toda madre, tras su muerte intercedería en el cielo y desde el cielo, también María acompaña a la Iglesia en su peregrinación", también "en el camino hacia la unidad".

Por Inma Álvarez
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Re: El culto a la virgen

Notapor Magaga el Mar Oct 07, 2008 6:07 am

Piropos a María

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Juan Pablo Ledesma

Allá por el siglo XIII, en tiempos de las cruzadas, un fraile llamado Santo Domingo de Guzmán tuvo una idea genial: en lugar de salmos, Avemarías. Y ahí se “inventó” el rosario como hoy lo conocemos.

Rezar el rosario. ¿Qué es el rosario? ¿En qué consiste esa oración que tanto agrada a la bella Señora vestida de luz? Es la combinación de las oraciones más bellas, las oraciones predilectas, las más hermosas: el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria.

Cuando los Apóstoles le rogaron al Maestro: “Enséñanos a orar”, Jesús les enseñó el Padrenuestro. ¡Qué decir del Avemaría! Es un piropo. Oración simple, breve, pero grande como el universo. En un Avemaría se fusionan palabras del arcángel Gabriel, de Santa Isabel y de la Iglesia. Es la primera oración que aprende el niño y la última que suspira el moribundo; el grito del pecador, la súplica del enfermo...

Y en el Rosario se dice diez, veinte..., cincuenta veces el Avemaría. ¿Por qué repetir tantas veces la misma oración? El rosario es..., como un ramo de flores. Cuando se quiere a la persona amada, no bastan tres o cuatros rosas. ¡Cuántas más, mejor! Cuando uno está enamorado, no se cansa de decirle a su amor: “te quiero”, “me encanta estar contigo”. Ciertamente se lo repetirá cien y mil veces. Eso es el rosario. Una lluvia de alabanzas y versos de amor a la Madre de Dios. Es también una meditación cordial de la vida de Jesús y una súplica por nosotros, para que nos asista en el presente y en el momento del encuentro final y definitivo. Es el Evangelio resumido, concentrado, en miniatura.

El rosario ha conservado la fe por siglos. Fue el arma que venció en Lepanto y que viajó con Cristóbal Colón hasta anclar en el continente americano. ¿Fue quizás casualidad que la carabela de los descubridores se llamara “Santa María”?

Son muchas las familias que lo rezan hacia el final de su jornada. El Papa Juan Pablo II nos enseña en su mensaje, que el rosario “reúne a la familia contemplando a Jesucristo y recupera la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicarse, solidarizarse, perdonarse, comenzar de nuevo, con amor renovado”.
__________________________

Hoy celebramos
Nuestra Señora del Rosario
Únete al santo rosario donde quiera que estés


Octubre: Mes del Rosario El Rosario llena de bendiciones a quienes lo rezan con devoción
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Re: El culto a la virgen

Notapor Magaga el Sab Feb 07, 2009 5:45 am

María, la Virgen pura

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Marcelino de Andrés L.C

Siempre me ha hecho reflexionar mucho aquella bienaventuranza de Cristo:

Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.

¿Qué tendrá que ver la pureza con la vista? Desde luego, con la vista corporal quizá no tenga que ver apenas nada. Pero seguramente mucho con la vista espiritual. Porque está claro que a Dios no se le puede ver con los ojos de la carne, pero sí con los del espíritu, con los del corazón, que son la fe y el amor. Sólo cuando el alma es pura y cristalina está en condiciones de poder ver y contemplar a Dios. Sólo en un corazón puro -escribía San Agustín- existen los ojos con que puede Dios ser visto.

Me imagino que Cristo al formular esta bienaventuranza tenía en mente a su Madre. Ella era la creatura más pura que jamás ha existido y existirá. El corazón de María era como un mar de gracia profundo, cristalino y transparente. Nadie como Ella de pura.

Bien lo dijo San Ambrosio:
Quién es más noble que la madre de Dios? ¿Quién más espléndida que aquella que fue elegida por el mismo Esplendor? ¿Quién más pura que la que generó una creatura sin contacto físico alguno? Ella era virgen pura no sólo en el cuerpo, sino también en el alma.

Se ha dicho siempre que los ojos son las ventanas del alma. Es cierto. A través de ellos se puede mirar al interior de otra persona. Por eso, mirando a los ojos a María podremos ver y apreciar la pureza inmaculada de su alma.

Los ojos de María. ¡Quién pudiera haberlos visto realmente tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante! Sólo a algunos privilegiados les tocó. Nosotros hemos de contentarnos con verlos desde la fe o con soltar un poco nuestra imaginación para hacernos una idea de cómo eran.

Los ojos de María.

Ojos hermosos, agradables, con esa belleza natural que no necesita de mejunjes ni postizos para ser encantadores.

Ojos sencillos, de esos que no saben mirar a los demás desde arriba.

Ojos bondadosos, que nunca se han desfigurado con guiños de ira o de odio.

Ojos sinceros, que no han aprendido a mentir; testigos de un interior sin sombra de doblez.

Ojos atentos a las necesidades ajenas y distraídos para fijarse y molestarse por sus defectos.

Ojos comprensivos y misericordiosos que, ante pecadores y malhechores, se transforman en manos abiertas que ofrecen la gracia a raudales.

Como los describen aquellos en versos de Pemán: A Tus ojos, luz de aurora / sobre el desierto frío. / Tu mirada, rocío / sobre la dura arcilla pecadora. Esos ojos cuya mirada Judas evitó al salir del cenáculo la noche de la traición... Esa misma mirada que a Dimas, en el Calvario, llevó a la conversión y al paraíso...

Ojos de mujer que reflejan nítidamente un alma preciosa, adornada de humildad, de bondad, se sinceridad, caridad, de comprensión y misericordia. Los ojos de María. Los ojos de un alma en gracia. Verdaderas ventanas al cielo. Porque cielo era toda su alma.

Ojos que pueden llorar y cuyas lágrimas al caer en la tierra, obran portentos también en el cielo. Bien comprendió esto aquel poeta que le rezaba a la Virgen: Tus lágrimas son las perlas / que compran mi salvación. / Jesús me perdona al verlas. / Son sangre del corazón / que se derrama al verterlas. Y es que de unos ojos así sólo pueden salir lágrimas cargadas de la omnipotencia del amor de quien es Madre de Dios y mediadora de toda gracia.

Los ojos de María, cuya penetrante y dulce mirada todo lo puede. Cuántos indiferentes se han visto interpelados por el brillo de pureza de esos ojos inocentes. Cuántos orgullosos han caído rendidos a sus plantas, desarmados por la mansedumbre que traslucen sus pupilas. Cuántos ánimos frágiles ante el mal se han armado de bravura y han vencido al tentador al recordar que Ella les miraba.

Cuántas veces la sola mirada de María fue sin duda bálsamo sobre el desgarrado corazón de algún vecino atribulado. Cuántas fue fuente de paz y consuelo que barrió de angustias el interior de algún contrariado pariente. Cuántas, esos luceros de su rostro, fueron luz cálida, manto que arropó de piedad e intercesión las almas atenazadas por el frío del pecado. Y cuántas siguen siendo aún todo eso y más para muchos de nosotros.

El ver las estrellas / me cause enojos, / pero vuestros ojos /más lucen que ellas, escribió con tino Lope de Vega. Es sumamente consolador saber que tendremos toda la eternidad para contemplar, sin cansancio ni aburrimiento, los hermosos ojos de María. Asomarse a ellos es asomarse a la maravilla más excelsa salida de las manos de Dios.

María fue su obra maestra. En Ella el Creador se lució. Ella es, en palabras de Pio IX, Aun inefable milagro de Dios; es más, es el más alto de todos los milagros y digna Madre de Dios. Pablo VI la describe como Ala mujer vestida de sol, en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural. Sin embargo, no hay que esperar a llegar al cielo para recrearnos en su contemplación.

Podemos desde ahora, con la fe, mirar sus ojos y sostener su mirada portentosa.
Pero me temo que muchos de nosotros somos incapaces de sostener una mirada tan luminosa. Nos molesta el chorro de luz que el alma pura de María despide a través de sus ojos y de todo su ser. Nuestras pupilas, tan acostumbradas quizá a las oscuridades de la impureza y del pecado, no soportan semejante claridad. A lo mejor no queremos que esa mirada materna desenmascare y purifique nuestra alma llena de barro. Porque no estamos dispuestos a dejar que en ella penetre la gracia de Dios y la limpie y la ordene y la santifique.

Todo eso cuesta mucho. El precio de la pureza es elevado, sólo las almas ricas pueden pagarlo. Ricas en amor, en generosidad, en desprendimiento de sí y de los placeres desordenados.

Sólo esas almas disfrutarán ya en la tierra del gozo espiritual incomparablemente más sublime, profundo y duradero que el más refinado placer corporal. Sólo ellas experimentarán la libertad interior del que no está encadenado por los instintos del cuerpo. Y sólo ellas gozarán de la bienaventuranza de la visión de Dios por toda la eternidad.

María ha sido la creatura más pura y por eso también la más auténticamente feliz y satisfecha, la más libre de espíritu, la mejor dispuesta para ver a Dios y saborear esa deliciosa visión con una intensidad inigualable.
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Magaga
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