Despiertos y encerrados: la noche en que Manhattan no fue Ma

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Despiertos y encerrados: la noche en que Manhattan no fue Ma

Notapor Redacción TuND el Dom Ago 28, 2011 2:56 pm

Despiertos y encerrados: la noche en que Manhattan no fue Manhattan

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Eran las 6:53 de la mañana cuando Anderson Cooper, estrella de CNN, dijo lo que sus televidentes se preguntaban ya desde hacía un buen rato: "Estoy realmente sorprendido, ¿es esto es lo más fuerte que vamos a tener en cuanto a lluvia?".

"Son buenas noticias", añadió Cooper, pero a los neoyorquinos se les había dicho "otra cosa". En especial a los habitantes de Manhattan, encerrados durante horas en sus casas a la espera de la catástrofe en la que la televisión insistía desde hacía dos días.

Un par de horas después de las palabras de Cooper, el huracán "Irene" había sido degradado a "tormenta tropical". Muy peligrosa, sí, pero no un huracán.

Lo de Cooper, empapado tras pasar toda la noche en un cruce de calles del Village, el barrio bohemio de Nueva York, fue quizás un desahogo. Al fin y al cabo, nadie mejor que él sabía todo lo que se había dicho y mostrado, que no era exactamente lo que realmente estaba sucediendo en Manhattan.

La sorpresa obedecía en parte a las dificultades propias de pronosticar un fenómeno natural que ofrece múltiples aristas.

"Hay algunas dinámicas internas de la tormenta que no entendemos por completo", admitió a "The New York Times" desde Miami Todd Kimberlain, especialista en huracanes.

Pero también tenía que ver con otra dinámica, la de los medios, y con lo difícil que es definir a un no neoyorquino una megaciudad como la "gran manzana". Si se dice que un huracán azotará Nueva York, la primera imagen que viene a la mente en medio mundo es la de un ominoso embudo aproximándose al Empire State.

Pero Nueva York es mucho más que el Empire State, mucho más que Manhattan. El Estado de Nueva York se extiende por 122.000 kilómetros cuadrados con 19 millones de habitantes; la ciudad, con sus cinco condados, se desperdiga por 780 kilómetros cuadrados en los que viven ocho millones de personas. Y Manhattan, la gran estrella, comprime un millón y medio de personas en apenas 59 kilómetros cuadrados.

Áreas costeras como Long Island o parte del condado de Queen's estaban claramente amenazadas por los vientos y las inundaciones, al igual que zonas costeras de Carolina del Norte, Virginia, Maryland o Nueva Jersey, en las que murió gente, hubo cortes de electricidad y se vieron imágenes que no se recordaban en generaciones.

Con el recuerdo de los errores ante el huracán "Katrina", las reiteradas advertencias de las autoridades y las evacuaciones eran completamente justificadas, porque así se evitaban males mayores, en especial si se tiene en cuenta que ninguna advertencia es excesiva: el sábado la policía debió rescatar a dos hombres que habían decidido probar "extreme kayak" en las turbulentas aguas frente a Staten Island.

Pero la diferencia estuvo entre lo que se dijo -Manhattan surcada de madrugada por fortísimos vientos potenciados por el "efecto túnel" de los rascacielos- y lo que sucedió. Se había dicho que el momento más duro sería entre las tres y las nueve de la mañana, pero esas horas pasaron en relativa calma. "Irene" sigue ahí, impredecible, y podría tomar nuevas fuerzas, pero lo cierto es que 15 minutos antes de las diez de la mañana, el sol perforó las nubes grises que cubrían Manhattan.

Una isla en la que se inundaron las áreas bajas como Battery Park o el Lower East Side, pero no así su parte alta, que es el gran porcentaje de la isla.

En esa zona de nadie que es la madrugada, cuando no es de noche ni de día, los habitantes de Manhattan se enfrentaban a un desafío: estaban en Manhattan, pero debían mirar la televisión para que les dijeran qué pasaba allí. Y lo que pasaba en la televisión era mucho más atractivo que mirar la calle: una mezcla de las imágenes más impactantes de toda la costa Este, periodistas luchando contra el viento y bajo la lluvia con fondo de salvajes olas azotando las costas, e "Irene" como monotema durante toda la noche en la televisión. El efecto estaba asegurado.

Así, en el final de la tarde del sábado las calles de Manhattan comenzaron a vaciarse, hasta convertir la "ciudad que nunca duerme" en un asombroso y silencioso páramo durante toda la noche. Los neoyorquinos eran, eso sí, fieles a sí mismos: no dormían.

Pero estaban encerrados en sus casas, no tanto por la lluvia o el viento, bastante moderados, sino porque afuera no había nada que hacer. La "realidad" no se veía por la ventana, sólo en el televisor.

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