Sí - mea culpa, mea máxima culpa - inadvertidamente las transferí a la carpeta Temp y hoy no sé cómo amanecieron en la carpeta “Confidencial”, y tanto mi rostro cuanto el tuyo reflejaban señales indiscutibles de cansancio, y nuestras miradas avergonzadas eran una prueba irrefutable de lo ocurrido durante la noche.
Indicios incuestionables de lo sucedido: nuestros cabellos despeinados y las ropas arrugadas, como si hubieran sido vestidas apuradamente cuando escucharon mis pasos a medida en que me acercaba a la “escena del crimen”.
Ambas fotos estaban completamente fuera de foco, contrariando el estado en el que las dejara ayer. Ojeras profundas y una sombra de saciedad estampada en nuestras facciones completaban el cuadro.
La escena reflejaba con fidelidad meridiana el “después” tradicional, delatando en los pequeños detalles que la batalla fue larga e intensa. Los botones de tu blusa desparramados por los cuatro rincones de casi todos los programas; mis zapatos dentro del archivo de las músicas; tus medias colgando del Outlook Express, y de la pantalla del monitor emanaba un fuerte aroma de perfume virtual, del tipo que despierta todos los sentidos y atiza todos los deseos.
Al mirar todo eso recordé que durante la noche escuché ruidos producidos en la habitación donde tengo la computadora, los cuales, mezclados con mi somnolienta imaginación, me “activaron”. Sí, sonidos conocidos, onomatopeyas que sin necesidad de traducción relataban todos los detalles de lo que estaba ocurriendo.
Aún resuenan en mi memoria los ecos de una voz femenina recitando lo que parecía ser un poema envuelto en lágrimas y suspiros, y de una voz masculina declamando susurros suaves, incomprensibles y excitados.
En fin, aunque me encontraba en ese territorio indefinido en el que ni se está dormido ni se está despierto, tuve la sensación de que algo estaba sucediendo, porque en ese estar despierto aunque durmiendo me sentí tenso, pero la verdad sea dicha, como sentirme tenso era una sensación gratificante, dejé que el nirvana continuase, cerrando aún más los ojos y “abriendo” lo más que pude los oídos.
Sumergido en la oscuridad total de mi cuarto adivinaba – o imaginaba - las caricias que se intercambiaban en la otra habitación, dentro del monitor. Los besos descompactados, los labios maximizados, las caricias retocadas, el espasmo amplificado.
Bueno… Cuando el despertador me introdujo de nuevo en la realidad, lo primero que pensé es que seguramente tu foto había seducido a mi imaginación, generando unas ganas de, un querer que, y pensando en esas cosas fui a ducharme, y después a desayunarme, y luego a buscar el correo de “carne y hueso”, y finalmente vine a ver si había llegado alguna carta electrónica que no fuera una cuenta o una invitación a probar una nueva versión de Viagra o la fórmula que por unos pocos dólares permite aumentar en muchos centímetros el tamaño de mi “Ego”.
Fue entonces – como te dije – que encontré las fotos en el suelo de la carpeta, manchadas me imagino de qué, y desenfocadas me imagino por qué.
Es por todo lo dicho, pero principalmente para intentar demostrarte la seriedad de mis intenciones, que te cuento que al ver las fotografías en tal estado – y luego de haber recuperado la tranquilidad y el equilibrio emocional perdidos cuando descubrí el abuso cometido por la mía – activé los botones correspondientes y ampliando la imagen hasta ocupar toda la pantalla recompuse todos los detalles, desarrugando tu ropa, peinando tus cabellos, vistiendo tus piernas con un nuevo par de medias made in Photoshop, configurando el brillo justo de tus ojos, borrando las ojeras y eliminando los hematomas de tu pescuezo, y antes de archivarlas en la carpeta adecuada contemplé todos los bites y kilobites de tu imagen – uno por uno – y no pude dejar de imaginar el abuso sufrido por tu .jpg, y al comprender la osadía brutal de la versión .gif de mí mismo, casi enloquecí de odio de mi foto. De rabia de mi foto. De envidia de mi foto.
© Bruno Kampel



